lunes, 15 de diciembre de 2008

Festival de recuerdos de Cádiz

Cuando a Cádiz no la reconozca ni la madre que la parió, por mor de las 40.000 viviendas que doña Teo pìensa levantar rellenando hasta los huecos de las escaleras de color de los fenicios, los libros dejarán constancia de la pequeña pero vital historia de una ciudad, mil ciudades en una, con un denominador común: el lenguaje. Julio Molina Font, desde la portada que muestra a un niño observado por un guardia en la playa, rehabilita la memoria por si acaso. Una obra descriptiva y sugerente del Cádiz de todos los tiempos del siglo pasado. Cada capítulo, en realidad, contiene un libro virtual, la mente del lector juega con las vistas al mar, los sonidos, olores de la infancia, colores, sitios, calles, esquinas y personajes. ¿Qué escribirán en los libros del Cádiz de este siglo? ¿Calles muertas llenas de bancos al rescate de la vergüenza ajena? Y más cosas. Cádiz, por ventura, no tiene explicación.
El festival de recuerdos de Cádiz se inicia, cómo no, en la calle, concretamente en la calle Tal esquina Tal y Me Cual, punto de encuentros fugaces y despellejo del prójimo. Nadie duda de la labor social de las esquinas gaditanas, ni del trasiego de cifras en contramano. Molina pone el dedo en la llaga de la numeración de las calles, al contrario que el resto del planeta, los pares a la izquierda, los impares a la diestra. Con la crisis, Cádiz ya no es Beirut con más obras, ni Manhattan con más inmobiliarias, pero los escombros siempre guardan trocitos de vida emparedados, como los muros de la impaciencia. Fenómenos extraños entre las cuatro paredes de Cádiz, el autor cuenta anécdotas y leyendas de toda la vida, en una obra que podría desempeñarse en continua evolución. Añadir al capítulo de sorpresas al descubierto los huesos de la Barriada, ¿ehin?, que pasaron de un morboso asesinato a un simple entierro de gato. En Cádiz huele a gato, la desazón se guannaja a un pueblo cubano del mismo nombre y las casapuertas cobran vida propia, huele también que alimenta a gas ciudad. Partidos de latillas, carreras de chapas, pésamos públicos en el zaguán de los sueños salados. Adentro, en los patios, alguien baja el Diario con una canasta, jala de la cuerda ya, y el cobrador se hace oír a viva voz, ¿quién vive? El del Ocaso. Cuenta Molina las vicisitudes de la vieja susceptible que recibió al "de los muertos" con el consabido "tus muertos, cabrón", que los años reconvirtieron también en "tus muertos por si acaso".
El nostálgico paseo por el Cádiz de Molina Font trae a Cádiz la primera franquicia, de la cadena Eureka, sin olvidar a Crédito Rucas, y recorre con todos los sentidos los lugares físicos y sentimentales más curiosos de la existencia de varias generaciones. Los mayores de cincuenta tacos se verán reflejados fielmente en muchas de sus páginas, en las azoteas "con sus monteras de traslúcidos cristales, ropa blanca soleada, lavaderos destartalados, torres miradores ..." Y los jóvenes "lo fliparán" ante tamaña exhibición de gaditanismo. No confundir con lo gadita, ya hartible. Pues eso, la imaginación sube a las azoteas para celebrar castos guateques, en la prehistoria del botellón. Copleros y flamencos ensayan en los lavaderos, y el poder evocador del olor a Cádiz penetra por los rincones de la memoria. Anís en Columela, chicharrones en la Plaza, café en el Bar Brim, aromas blasámicos a mar, piedras de verdín, cacao en Candelaria, cerveza recién tirada en la plaza de Mina, efluvios a marisma en la primera noche de Levante en calma. ¿Y los sonidos de Cádiz? El runrún de las olas, el pito de Astilleros, el silbato del Vaporcito por encima del escatológico catamarán, no hay color, con las moscas de caballo. Qué frío. Ojú. ¿Ojú? Po ya no voy.
De vuelta a casa, la mesa camilla multiusos da voz al parte hablado y a la larga espera. Cádiz espera sentada la llegada del porvenir. Paco Alba ya cantó al Puente, al Soterramiento. Paco Alba nunca viajó en el Vapor. Eso juraba Pepe el del Vapor a quien quisiera escucharle. Eso no lo dice el libro. Ni falta que hace. El libro habla de barberías en la calle Nueva, "¡pélame pa siempre, Félix!", del maestro Nicolás y del aperitivo en la Privadilla, las compras de última hora en los ultramarinos, que no fueron gente radical de la armada sino hermosos lugares repletos de cosas hasta el techo, almacenes contra el olvido, reservados que acogieron reuniones gloriosas como la que glosó Antonio Burgos en torno a las escapadas de tapadillo que se pegaban Alberti y Pemán para beber y escuchar cantes. Juergas como la de Cagancho en la Parra Bomba, noches en los mejores tugurios del Cádiz transoceánico, el Pay Pay, la Cueva del Pájaro Azul, y esas "casas de lenocinio" que en este tierra se estilan desde el tiempo de los romanos, con perdón, que morían por las puellae gaditanae, Teletusa dios mediante, como Carlos Cano cantó a María la Portuguesa. También disfrutaron los romanos de las ventas, un poco antes del Chato y del Río Saja, y oyeron hablar con antelación del futuro éxito del Cortijo de los Rosales. Suena la música de las orquestas de Cádiz, a ritmo de Nono Ábalo. Happy Boys, los Abunai, los Simun de un tal Tony Reguera, humor con denominación de origen, el tipo que esconde en la manga todas las claves del cachondeo y el "age" de la guarda.
Vámonos que nos vamos, de Puertatierra a la Catedral, de San Juan de Dios a las Cuevas de María Moco, con ustedes el buitre del monumento, los pimpis de la invisible línea carmesí, los fotógrafos ambulantes del pajarito aritmético, contrabandistas de tabaco, informadores de la vía impúdica, los atacantes, los laperos, Kid Betún, María la Cantaora, Macarty, el tópico de los parguelas y los loros de Casa Crespo. Mejor no desvelar algunas incógnitas, como la leyenda del hombre pez o el origen de los duros antiguos. Este libro hay que vivirlo, como la vida de Cádiz, un mundo aparte. Antes de coger una puerta, da tiempo de pillar el bus escolar, el Coco, de echar un mangüiti y de conocer los entresijos de Cádiz y los gaditanos a través de sus placas. El Beni y el Cojo Peroche, camino de la eternidad, escudrilan ante tanta lápida: Pemán, Falla ... "Cuando te mueras van a poner un letrero en la puerta de tu casa, Beni, que dirá: Se Vende". Cádiz, tres mil años y pico de placas conmemorativas. Y un Pgou que pretende convertirla en una ciudad de garrafón, con tanto relleno. Que viene el tsunami. Veinte por ciento de amnesia.
Diciembre 08, Cádiz, Diario de Cádiz

5 comentarios:

Ignacio Lobo dijo...

joer...si al final voy a acabar como Paco Alba, llorando cada dia que estoy fuera de Cadi...que mamon.

No dire que tu pluma es privilegiada, porque la gente es mu grasiosa, pero tuyamentiende... canela fina.

Juan dijo...

Pues como te comentan, también me uno a eso de la canela fina en rama a borbotones.
Sólo te ha faltado mencionar la aparición de la efigie de Camarón en el Cerro del Moro, la gente guardando vigilia, todo un numerito.
Este Cádiz de colores sepia, pantalones de campana y de camisas abiertas hasta el amanecer, suena a auténtico con sus virtudes y defectos pero con su pellizco genuino.
Y ahora vienen cuatro mojigatos del diseño urbanístico a querernos cambiar nuestro modus operandi, pasando la corbata cual soga al cuello y las capas hospitalarias a ser la seña de identidad de la popular Gades, y nos conviertan en una moderna ciudad dormitorio de la periferia de los Madriles. Tesqui ya, papafritas... de las del Corralón, of course.
Salud, y menos pgou’s lisérgicos.
PD.- Me voy a tener que comprar ese libro.

Enrique Alcina Echeverría dijo...

Dos lagrimones, Ignacio. Al final vas a ser más gaditano que Paco Alba desde el exilio, jeje, ya nos traerás unas letras buenas. Un abrazo desde esta ventana gaditana, yo no tenía internet cuando volaba por ahí y tenía que conformarme con poner una cinta de Quince Piedras, gran comparsa, jaja ...
Muy bueno lo del pgou lisérgico, Juan !! Un pgou psicodélico, más bien esdrújulo. Y lo de las corbatas como sogas me suena ... miedo me dan quienes hablan del futuro, cuando el futuro ya está aquí. Oye, ahora ya no sale el Camarón del Cerro del Moro, ni el Cristo de hace años, pero hay un dibujo de Obama por ahí, en una calle de Cádiz, estampao en la pared, jeje. Nos vamos a hartar de Obama en el Carnaval mientras rediseñan nuestra vida con tanto urbanismo ... salud !!

santi dijo...

A mí tampoco me gusta la Cadiz periférica esa, residencia de señoritos, que es lo que pretenden convertir a esta ciudad y a la poca gente que queda en ella.
Y por cierto, Enrique , ¿tú no sales en el libro? ¿o es que Cádiz ya no quiere a sus cronistas? saludos

Enrique Alcina Echeverría dijo...

Eso, Santi, un San Pedro River II pero en lo alto de una rotonda gigante o algo, qué manía con que crezca Cádiz, con lo linda que es chiquitita y con poca gente. En fin, no salgo en el libro, déjalo, compañero, mejor pasar desapercibido que ser acribillado jeje, que aquí ya se sabe por dónde van los tiros algunas veces. Piano piano en segundo plano, un abrazoooo