jueves, 20 de marzo de 2008

El nervio de la ciudad

Sube la bombona, baja la basura, sesenta céntimos de amnesia colectiva. Qué pronto se olvidan las muertes evitables con tanto ruido de fondo. Los maestros de la contaminación acústica inician la jornada tempranito, cagüendié, a martillazo limpio. Siempre dicen que "ya queda menos" para que concluya el festival de destrozos y recomposiciones de lugar. Cortan azulejos sobre el suelo, taladran el cerebro de los vecinos de abajo, que despiertan entre sudores y pesadillas, los albañiles se parecen a los dentistas; esgrimen tornos, hielan la sangre, causan daños colaterales. Pero ganan menos, mucho menos para disgustos. Un paseíto por Cádiz confirma que la seguridad brilla aún por su ausencia, una simple charla con los obreros especializados constata que la ley del silencio se impone en medio del escándalo del urbanismo insostenible. Oh, tornero fresador, manos a la obra. Más tarde que nunca comenzarán las obras de otros tropecientos aparcamientos subterráneos, la ciudad será un queso gruyere y el futuro acabará en doce. ¿Y después del doce? Toca madera.
Los pérfidos ecologistas, esa gente de mal vivir que sólo pone pegas al progreso, y que junto a otros malvados monstruos sólo persiguen que España se rompa en mil pedazos, se han hecho, nunca mejor dicho, de la escandalera diaria. Cádiz supera el nivel de decibelios fijado por la Organización Mundial de la Salud, sobre todo por las noches. Más de seis puntos por encima de lo permitido tras la caída de la tarde y casi tres puntos de día. Ese Lentísimo Ayuntamiento anunció años atrás la creación de un mapa de ruidos. Ni que el mapa lo hubiera perfilado Juan de la Cosa, ío. Los ecologistas, gente derrotista, apunta directamente a los repartidores de butano, cuyo insidioso ruido pasa de castaño oscuro a la hora del cabezazo, la siesta cañí. No sólo del tráfico vive el ruido. Ese butanero, personaje legendario que protagoniza chistes de cuernos y otras hierbas, ejercita la percusión a la peor hora del día, agita las bombonas con mala leche, avisa así a los vecinos de su presencia, naranja contra naranja. Insidioso ruido, ruido sieso. A la hora desnortada del cafelito, un butanero de pro, encaramado en la camioneta de lata, niega la mayor. "Mentira, nosotros no hacemos ruido adrede; es imposible no chocar las bombonas, mire, mire", y simula el ruido a traición. "Hay ruidos peores, la moto a escape libre, los notas de la basura a las tantas de la mañana". Butanero chivato. Mejor no hablar de la fama de don juanes, tan recurrente en cuplés verdes y popurrís equis. Secreto profesional. Un butanero jamás revela sus fuentes. A ver si respetamos un poco, por favor. A la vuelta de la esquina, otra furgoneta naranja, no, por Dios, y casualmente el mismo signo de contaminación acústica.
Hasta los sesudos columnistas, tan preocupados por la situación de la patria, tan ocupados en echar a Zapatero como sea, escriben ahora sobre la contaminación acústica, con las castas del camión de la basura y el artefacto de la limpieza estilo guerra de las galaxias. Imaginen cómo estarán las mojarritas a su paso por la Victoria con tanta iluminación, por no hablar del gran homenaje al medio ambiente, la barbacoa mundial. Se impone un sonómetro, medidor de escandaleras, para comprobar que la media se sitúa en 61,7 decibelios en horario nocturno y 67,8 de día. Una barbaridad. Por cierto, la ciudad vecina de El Puerto de Santa María, desde hace años centro de reunión de los moteros más salvajes, acaba de adquirir un sonómetro, ese lentísimo ayuntamiento tomará medidas. A ver cuánto miden las cosas más horrorosas.
Puso el otro día el dedo en la llaga el defensor del pueblo andaluz, el gran José Chamizo, cuando dijo que no sólo la movida juvenil provoca ruido en las poblaciones. Con motivo de una conferencia pronunciada en Carmona, el cura campogibraltareño, tras incidir en que 18 de las 23 ciudades andaluzas con más de 50.000 habitantes superan los índices de ruido admitidos, vaticinó que las autoridades incompetentes, en un futuro no demasiado lejano, prohibirán la entrada de coches en el interior de los cascos urbanos. Será más allá del doce, claro, Cádiz hará oídos sordos, claro, que para eso tendrá dos puentes, dos, y mil quinientos agujeros donde depositar las casas inoxidables con cuatro ruedas. Se asoman los fenicios ya, dispuestos a saludar las buenas nuevas.
La lista de los cuarenta principales del ruido sería harto interesante si no fuera por la cantidad de aspirantes que se suman a diario. Desde el camarero que a las siete de la mañana golpea la barra del bar y los contornos de la cafetera con mala idea, hasta los aires acondicionados y neveras gigantes, las sirenas de las ambulancias, pasando por la viva voz de la gente, que exclama en voz alta: ¡Silencio! Silencio, el Viernes Santo.
A la hora del almuerzo, los maestros, que están a punto de dar de mano y largarse a Jerez, machacan las entendederas del personal con una postrera exhibición de poderío. Los vecinos aprietan los dientes, ponen alta la tele, se encasquetan los auriculares, hacen lo que sea con tal de evitar tamaña agresión a las claras del día. Cádiz es Beirut con más escombros. Cádiz, capital del escombro inteligente. Cádiz, pionera de todo, en cabeza de la nada.
Chamizo, que es un hombre muy discreto, capaz de guardar un secreto y de no chillar a los cuatro vientos, subraya que los ruidos que superan los umbrales de la OMS motivan "desequilibrios del sistema nervioso". En una ciudad tan hermosa, con una gente tan encantadora, con una luz tan embaucadora, convendría no levantar la voz a no ser que fuera más bella que el silencio. ¿Silencio? El Viernes Santo.
Octubre 07, Crónicas Urbanas (Diario de Cádiz)

2 comentarios:

Mª del Puerto dijo...

Gracias, por plasmar la realidad y el dia a dia en la ruidosa ciudad de Càdiz, todos los ensordecidos, te lo agradecemos.Durante años, he intentado denunciar la situaciòn en cualquier medio pùblico que se ponia a mi alcance,pero ahora estoy pensando seriamente tirar la toalla, marchame de Càdiz buscando silencio y naturaleza... una de la opciones es la de sembrar bellos cerezos en el Valle del Jerte (mi tierra).No es que me quiera marchar, es que "este ruidoso" Càdiz, me echa. Gracias por tu intento, pero mis neuronas no lo aguantan.

Enrique Alcina Echeverría dijo...

Gracias, María, pero no te vayas, prometo que hablaremos más bajito ... es broma, jeje, ojalá nos vayamos concienciando más con el tema, pero me temo que ... El silencio es un derecho !!
Gracias por tus palabritas, y denuncia las cosas, que quien no llora no gana.